Domingo III de Pascua (A)

Soy un forastero en tierra de nadie.
Acabo de matar en una cruz
a mi Dios y Señor.
Lo he crucificado,
pese a haber visto
sus milagros, signos y prodigios;
lo he entregado al horror.
No lo he vuelto a ver.
Fui de mañana al sepulcro,
y no encontré su cuerpo.
Él desapareció.

Aleluya.

Escuchadme:
a precio de su sangre hemos sido rescatados.
Esa cruz es nuestro bien.
Dios lo resucitó
rompiendo las ataduras de la muerte.
Era necesario que el Mesías
padeciera esto para entrar en su gloria.
No era posible que la muerte
lo retuviera bajo su dominio.
Por Cristo vosotros créeis en Dios,
así habéis puesto en Dios
vuestra fe y vuestra esperanza.

Aleluya.

Voy por el sendero de la vida;
voy de camino a Emaús
con mi sola soledad.
Mis ojos no son capaces
de reconocerte…
Me sacias de gozo en tu presencia;
arde mi corazón;
se gozan mis entrañas.
Tú eres mi bien.
Protégeme, Dios mío,
que me refugio en ti.

¡Aleluya!

Levantad conmigo la voz.
Tomemos en serio nuestro proceder en esta vida.
Bendigamos al Señor,
que hasta de noche nos instruye internamentente.

Pártelo otra vez;
dame cada día de tu pan…
¡Ábreme los ojos!

Era verdad, ha resucitado el Señor.
Quédate con nosotros
porque atardece
y el día va de caída.

Hch 2,14.22-33; Sal 15,1-2.5.7-8.9-10.11; 1P 1,17-21; Lc 24,13-35.

Domingo II de Pascua (A)

¡Señor mío y Dios mío!

¡Qué prodigios hacían los apóstoles en Jerusalén!
Te vieron, te amaron;
creyeron en ti.
Sufrieron,
tuvieron miedo;
recibieron tu Espíritu.

Yo… No te veo.
¿Te amo? Temo.
Me dices: «No seas incrédulo, sino creyente».
Y me alegro con un gozo inefable
y transfigurado.

«Paz a vosotros».

La fuerza de Dios nos custodia en la fe.
El Señor es mi fuerza y mi energía,
Él es mi salvación.
Alabaré a Dios con alegría
y de todo corazón.
¡Dame vida en tu nombre!
Es eterna tu misericordia.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
el Mesías, el Hijo de Dios.

¡Señor mío y Dios mío!

Hch 2,42-47; Sal 117,2-4.13-15.22-24; 1P 1,3-9; Jn 20,19-31.

No ser

Ser sin ser en el silencio.
Ser, en lo oculto, un intento.
Ser y no saber nada;
ni siquiera susurrar alabanzas.

Y mirarnos hasta el fondo,
y presentarme vacía;
darte mi miseria.

Y encontrarme con el dolor,
y luchar cada día contra mi propio yo.

Y crecer y ascender;
y ser llama que tiembla.
Y consumir mi vela con tu amor.

Tu luz.
Seguir tus pasos.
CAMINAR.
Anunciar que sigue viva la esperanza.

Y vivir sin vivir en mí.

Y madrugar por ti,
y alegrarme contigo,
y tropezar junto a ti,
y llorar por ti.
Y por ti.
Y por ti.

Ser sin ser en el silencio.

Y esperar de la vida lo fatal,
y abrazar cada sola soledad,
y, aún así, poder gritar ¡Felicidad!

Ser, Señor, tu ternura.
Ser, Señor, tu mirada.
Ser, Señor, tu Palabra.

No ser… Y no decir nada.

Amén.