He jugado a ser como Tú

“Levántate, Señor,
defiende el tesoro que guardas en mí…”

¿Qué es la vida
si ni el cielo podemos repartirnos?
¿Qué, si no un Dios oculto en lo secreto,
en cada margarita de pétalos impares;
un Dios que espera que luchemos contra todo,
que espera vernos sonreír en la tribulación;
un Dios hecho sombra, hecho huella, hecho camino?

El mundo es grande y solo rota.
Tu poder mantiene el equilibrio
y sugiere nuevas ondas a las mariposas.

He jugado a ser como Tú;
he rechazado tu gracia
y he querido ser Tú.
He intentado controlar lo incontrolable;
me he rebelado contra tu imagen y semejanza;
he ascendido deprisa,
como pájaro sin pareja hacia el tejado.
Y en ningún sitio estabas Tú.

El agua frena las lágrimas que nos ahogan;
Agua, pan, vino.
Eso era tu costado.

Mira, esto es lo que soy;
toma toda mi miseria.
Nada soy, solo tuya.

¿Qué es la vida si ni siquiera existes Tú?

Domingo de Pentecostés

Fuego.

Ardiente, veloz; envuelve.
Infunde calor de vida en el hielo;
mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro.

Hierve, quema; atrapa.
Riega la tierra en sequía,
dulce huésped
del alma.

Divina luz; abraza.
Entra hasta el fondo del alma,
llénala de alegría:
es del Señor.

Paz a vosotros.

Padre amoroso del pobre,
tregua en el duro trabajo,
guía al que tuerce
el sendero.

Un ruido del cielo; desconcierta.
Abre la puerta,
manda tu luz
desde el cielo.

Un mismo Espíritu, Señor, Dios
que obra todo en todos;
diversidad de dones,
servicios, funciones.

Maravillas de Dios; sorprende.
Mira el poder del pecado
cuando no envías
tu aliento.

Envía tu Espíritu…

Jesús es el Señor.

¡Dios mío, qué grande eres!

Que le sea agradable mi poema.

Hch 2,1-11; Sal 103,1ab.24ac.29bc-30.31.34; 1Co 12,3b-7.12-13; Secuencia; Jn 20,19-23.