Ascensión del Señor (A)

Dame solo este minuto
para mirar al cielo
que también a mí
me tienes prometido.

Déjame seguir escuchando
esas palmas de los pueblos,
sus gritos de júbilo,
tantas y tantas aclamaciones.

Lléname, mi Rey,
sublime y terrible,
emperador de toda la tierra…
Solo este minuto.

Háblame de tu Reino,
ilumina los ojos de mi corazón,
fijos en ese cielo
al que te elevas.

Hazme fuerte
para anunciar tu poder,
para olvidar mi soledad,
para postrarme ante ti.

Guárdame en este minuto;
di mi nombre otra vez.
Está vivo mi Maestro.
¡Me rindo a tus pies!

Hch 1,1-11; Sal 46,2-3.6-7.8-9; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20.

Papeles de adopción

He visto tu imagen
y sonreías
más sonriente que de costumbre;
y Tú, Niño, tan tierno,
agarrado a sus brazos.
Te he mirado
como todos los días,
pero hoy te he descubierto Madre:
como se recupera el calor;
como se vive la brisa
atrapada por el sol;
como césped recién cortado;
como lluvia que empapa la tierra.
Así sonreías:
como arropada por tus dulces manos;
besito de buenas noches,
nana contra el miedo.

Domingo VI de Pascua (A)

Eres Tú, Señor,
la razón de mi esperanza,
la dulzura hecha conciencia,
la verdad que intenta predicar mi ser.

Eres Tú, Señor,
la Palabra de Dios que recibimos,
el Amor hecho voluntad,
el Espíritu que da vida.

Eres Tú, Señor,
mi soledad habitada,
el clamor de la tierra entera,
el compás de mis latidos.

Eres Tú, Señor,
Cristo, mi Dios, Padre;
mi alegría, mi dolor;
gloria y honor.

Hch 8,5-8.14-17; Sal 65,1-3a.4-5.6-7a.16.20; 1P 3,1.15-18; Jn 14,15-21.

Domingo V de Pascua (A)

Yo sé adónde vas,
yo conozco ese camino;
es verdad,
allí hay vida.

Yo sólo pregunto cómo…
Cómo hay tanta vida
en el camino
de tu verdad.

Yo sola no puedo:
aquí dentro
te nublas, me ciegas;
no te dejo salir.

Quiero construir
el templo del Espíritu,
alabar tu nombre,
llenarme de la sabiduría que procede de ti.

Intento mantener la calma,
comprender que tus ojos están en mí,
acercarme a tu oración,
servir la Palabra.

Proclamo tus hazañas,
te veo en el vuelo de cada vencejo,
a ti, Señor,
piedra viva elegida y preciosa ante Dios.

Yo busco al Padre:
está en ti,
habla por ti,
es en ti.

Yo… No, no sé nada,
lo confieso.
Vacíame por entera;
haz sitio para el «Tú».

Hch 6,1-7; Sal 32,1-2.4-5.18-19; 1P 2,4-9; Jn 14,1-12.

Mimitos espirituales

No habrá soledad que me despierte en la mañana
ni oiré gritos al atardecer.
No me buscará la tristeza
ni romperá el silencio la pelea de ayer.

No me contarán sus andanzas.
No tendré un collar de macarrones.
Nadie pronunciará “mamá”.

No, no será Soledad su nombre,
pequeña de ojos azules;
ni correteará con el hombrecito *
alegre como su padre.

Su nombre será ‘humanidad’,
y su piel roja, amarilla, negra o blanca.

Y cada nuevo paso,
cada palabra aprendida,
cada triunfo alcanzado
y cada caída,
a un ‘amén’ se abrazará.

Domingo IV de Pascua (A)

Oí un fuerte ruido.
Era de noche.
«¡Al ladrón!»
Un estruendo.
La noche eterna.
Crucificado,
lleno de heridas.
También fui yo.

Ahí van nuestros pecados.
Baja, y ábrenos la puerta.
Eres Tú, Señor, nuestro pastor.
Señor y Mesías,
líbranos del enemigo perverso,
aleja esa extraña voz.

No entiendo de qué hablas:
pastos,
fuentes tranquilas…
Tus palabras me sobrepasan.
¿Qué tengo que hacer?

Pasa Tú delante,
esa vara y ese cayado me sosiegan.
Pasa, Tú que sabes mi nombre;
quiero seguirte por el sendero justo,
Pasa con tu bondad y tu misericordia,
que solo tu voz me guíe.

Pastor y guardián,
voy tras tus huellas
bajo el Espíritu Santo;
aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque Tú vas conmigo.

Me pongo en tus manos,
dulce Verdad.
Andábamos descarriados.
Vuelvo a ti.
Vuelve a amanecer.
Oigo al fin el sonido del silencio.

Hch 2,14a.36-41; Sal 22,1-3a.3b-4.5; 1P 2,20-25; Jn 10,1-10.